Hoy vengo con #lahistoriadelsábado. Creada a partir de las palabras que me regaláis en Instagram (@carlotaserrapio)

Las palabras propuestas fueron:

Resiliencia – Madre – Cambiar – Dependencia – Esperanza

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“Juana es una de esas personas superpoderosas, que ella no lo sabe, pero lo es. Ha pasado de todo, ha vivido mucho y ha sido capaz de sobreponerse de cada una de las situaciones negativas que aparecían ante ella.

Todo empezó en el año 1980. Año en el que se casó con Francisco. Hasta ese momento había vivido con sus padres. Una familia con muchos problemas. Su padre era alcohólico, su madre tenía una enfermedad degenerativa que le obligaba a pasar largas temporadas en cama y tenía 4 hermanos. Desde muy pequeños todos tuvieron que trabajar en el campo para llevar dinero a casa, ya que sus padres no podían hacerse cargo. Su padre era cariñoso, no era una persona agresiva ni mucho menos, pero por su enfermedad, al igual que su madre, pasaba largas temporadas encerrado en otra habitación de la casa o fugado en no se sabe qué lugar. Así que desde los 11 años Juana siempre estuvo trabajando, trabajando y trabajando para poder mantener a su familia. Ella y sus cuatro hermanos.

Cuando cumplió 15 años apareció una luz en su vida y su padre decidió recuperarse de su adicción. Estuvo ingresado en un centro de deshabituación durante un año y cuando volvió a casa era otra persona. Hubo momentos duros, su padre a veces tenía muy mal carácter, gritaba y se enfadaba con ellos, pero por lo menos no consumía y trabajaba. Había esperanza. Juana y sus hermanos, pese a trabajar algún fin de semana para ayudar en casa, ya podían centrarse en sus estudios.

Su madre también estaba mejor, la enfermedad se había estancado y estaba más despierta y más contenta. Juana siempre supo que la enfermedad de su madre estaba muy influida por su tristeza. Ahora la vida fluía. Ya se podía respirar.

Fueron pasando los años, y cuando cumplió 19 años apareció Francisco en su vida. Se enamoraron y se casaron al poco tiempo. Se lo pasaban en grande, bailaban, reían, lloraban, era vivir con todas las letras. Era felicidad. Era una sensación que nunca había sentido. Se sentía libre.

Hasta que todo cambió. Todo cambió el día en el que su marido le dijo que había conocido a otra persona y quería separarse. Fue un jarro de agua fría. Su marido, la persona que tanto la quería, que tanto le daba y que tan feliz le hacía de repente la dejaba. Se había enamorado de otra persona. Desde cuándo. Cómo no lo había visto venir, cómo era posible que no se diera cuenta de nada. ¡Qué horror! Se le rompió el corazón. Le suplicó que no se fuera. Que quizás se había confundido, que qué tenía que cambiar para que no tomara esa decisión. Su desesperación era tremenda.

Pero no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada. Francisco se iba.

Pasó dos años sumida en una depresión. La dependencia que sentía hacia él era tan grande que no veía sentido a su vida sin él. Él la había salvado. Le había enseñado que había más mundo aparte de la familia. Una familia que se estaba recuperando cuando se fue de casa, pero con la que siempre tenía el miedo de que todo volviera a desmoronarse. Una familia con la que no se divertía. Y con él sí. Con él todo era diferente.

Era diferente y era mentira. Durante mucho tiempo fue una mentira.

El día en que se dio cuenta de esta palabra: MENTIRA. Decidió cambiar, pensó en su madre, la llamó y ella le dijo: “Cariño, tú ya has pasado por muchos dolores. Los has superado. Eres una mujer fuerte. Es normal que estés triste. Pero sé que puedes con esto y serás capaz de transformar todo y reconstruirte de nuevo, siendo mucho más sabia y viviendo como realmente quieres vivir”

Juana grabó estas palabras en su memoria y salió de su casa. Había llegado su momento. Estaba cansada de sufrir. Estaba cansada de llorar. Ahora quería vivir. Se dedicó a estudiar. Se matriculó en la universidad (sueño que siempre tuvo y que dejó de hacer porque su marido le decía que ya estaba él para eso). Sacó la carrera de biología, hizo el doctorado y a día de hoy está trabajando como investigadora en la Universidad. Está feliz. Con la vida que siempre quiso. Hoy sin pareja. Y con un tatuaje en su piel que dice: RESILIENCIA”.

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Espero verte dentro,

Un abrazo,

Carlota.

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